No sé porque pero cada vez que iniciamos una nueva década nos ponemos un poco nerviosos. Que si logramos lo que habiamos pensado que ibamos a lograr, que si estamos o no más viejos, etc etc.
El siguiente es un articulo que leí y me pareció interesante.
"Se ha popularizado en ciertas esferas sociales hablar de la crisis de la edad mediana. Esa que sobreviene cuando uno se percata que ya no es muchachón o muchachona, las canas empiezan a emerger, necias e implacables, y "platean la sien" como diría en un tango Gardel.
A pesar de que prolifera la tesis de que los 40 de hoy son los 30 de ayer, a una buena parte de la gente no le hace gracia el aribo de la cuarta década de la vida.
Es natural. La cultura de la búsqueda de la eterna juventud en la que estamos sumidos obliga a buscar alternativas lúdicas en las cuales solazarnos; hay una negación y luego una obstinación contra el hecho de que lo que no hicimos antes es difícil hacerlo luego de los cuarenta abriles.
Para muchos éste es un golpe que puede deprimir. La declinación física suele ser considerada menos importante que la madurez adquirida luego de tantos años de vivir en este planeta.
Pero en realidad es un trago superable. Fácilmente si uno se pone a pensar, con madurez, en lo que significa llegar a esa fantástica edad. Los hijos, para quienes los tienen, empiezan a crecer, o ya de plano están a punto de ser adultos. Eso no está nada mal. Y quienes no tuvieron la oportunidad de procear, la vida también cobra tintes retadores pero estimulantes.
Las responsabilidades son grandes en ambos casos y dotan de sentido a la existencia. Desde luego, hay quienes luchan contra el hecho de su edad. Acuden a cirugías plásticas, a los carros deportivos, a la indumentaria juvenil, los amoríos subrepticios. Son tretas -comprensibles, tiernas- contra el hecho fatal: ya somos adultos, hechos y derechos.
Cada etapa tiene los suyo de estimulante. Desde luego es válido hacer y decir cosas que antes no nos hubiéramos atrevido. Es justo rebelarse ante una realidad que no nos es del todo satisfactoria. Lo único deseable -y nadie esta obligado a coincidir conmigo-, es hacer lo que se quiera o se pueda bajo una única condición: No negar el hecho de que somos adultos, y que con ello nos confiere un grado de responsabilidad para hacerle frente a las consecuencias de lo que emprendemos."
A pesar de que prolifera la tesis de que los 40 de hoy son los 30 de ayer, a una buena parte de la gente no le hace gracia el aribo de la cuarta década de la vida.
Es natural. La cultura de la búsqueda de la eterna juventud en la que estamos sumidos obliga a buscar alternativas lúdicas en las cuales solazarnos; hay una negación y luego una obstinación contra el hecho de que lo que no hicimos antes es difícil hacerlo luego de los cuarenta abriles.
Para muchos éste es un golpe que puede deprimir. La declinación física suele ser considerada menos importante que la madurez adquirida luego de tantos años de vivir en este planeta.
Pero en realidad es un trago superable. Fácilmente si uno se pone a pensar, con madurez, en lo que significa llegar a esa fantástica edad. Los hijos, para quienes los tienen, empiezan a crecer, o ya de plano están a punto de ser adultos. Eso no está nada mal. Y quienes no tuvieron la oportunidad de procear, la vida también cobra tintes retadores pero estimulantes.
Las responsabilidades son grandes en ambos casos y dotan de sentido a la existencia. Desde luego, hay quienes luchan contra el hecho de su edad. Acuden a cirugías plásticas, a los carros deportivos, a la indumentaria juvenil, los amoríos subrepticios. Son tretas -comprensibles, tiernas- contra el hecho fatal: ya somos adultos, hechos y derechos.
Cada etapa tiene los suyo de estimulante. Desde luego es válido hacer y decir cosas que antes no nos hubiéramos atrevido. Es justo rebelarse ante una realidad que no nos es del todo satisfactoria. Lo único deseable -y nadie esta obligado a coincidir conmigo-, es hacer lo que se quiera o se pueda bajo una única condición: No negar el hecho de que somos adultos, y que con ello nos confiere un grado de responsabilidad para hacerle frente a las consecuencias de lo que emprendemos."
El autor es José Ramón Huerta, Periodista.
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